domingo, 29 de octubre de 2017

"TRÓPICO DE CÁNCER" - Henry Miller (1934)


En un tiempo pensaba que ser humano era el objetivo más alto que podía tener un hombre, pero ahora veo que estaba destinado a destruirme. Hoy me siento orgulloso al decir que soy inhumano, que no pertenezco a los hombres ni a los gobiernos, que no tengo nada que ver con credos ni principios. No tengo nada que ver con la maquinaria crujiente de la humanidad: ¡pertenezco a la tierra! Digo esto con la cabeza reclinada en la almohada y siento los cuernos que me brotan en las sienes. Veo a mi alrededor a todos esos antepasados míos bailando en torno a la cama, consolándome, incitándome, flagelándome con sus lenguas viperinas, sonriéndome y mirándome de reojo con sus siniestras calaveras. ¡Soy inhumano! Lo digo con una sonrisa demente, alucinada, y seguiré diciéndolo aunque lluevan cocodrilos. Tras mis palabras se encuentran todas esas calaveras siniestras que sonríen y miran de reojo, unas muertas y sonriendo hace mucho tiempo, otras sonriendo como si tuvieran trismo, otras sonriendo con la mueca de una sonrisa, el sabor anticipado y las consecuencias de lo que ocurre siempre. Más clara que nada veo mi propia calavera sonriente, veo el esqueleto bailando al viento, serpientes saliendo de la lengua podrida y las ampulosas páginas de éxtasis sucias de excrementos. E incorporo mi lodo, mi excremento, mi locura, mi éxtasis al gran circuito que circula a través de los subterráneos de la carne. Todo ese vómito espontáneo, indeseable, de borracho, seguirá manando sin cesar, a través de las mentes de los que han de venir, a la vasija inagotable que contiene la historia de la raza. Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción. Con el abono muerto y la escoria inerte producen una canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando el universo, dejando todo patas arriba, con las manos siempre vacías, siempre tratando de agarrar y asir el más allá, el dios inalcanzable: matando todo lo que está a su alcance para calmar al monstruo que les roe las entrañas. Lo veo cuando se arrancan el cabello en su esfuerzo por comprender, por aprehender lo que es eternamente inalcanzable, lo veo cuando braman como bestias enloquecidas y se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no hay otro camino. Un hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto y arrancarse las entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien y es justo, porque debe hacerlo! Y todo lo que se quede corto con respecto a ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagado, menos contagioso, no es arte. El resto es falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de vida.

Cuando pienso en Stavrogin, por ejemplo, pienso en un monstruo divino erguido en un lugar elevado y arrojándonos sus entrañas desgarradas. En Los poseídos la tierra tiembla: no es la catástrofe que sobreviene a un individuo imaginativo, sino un cataclismo en que una gran parte de la humanidad queda sepultada, aniquilada para siempre. Stavrogin era Dostoyevski y Dostoyevski era la suma de todas esas contradicciones que o bien paralizan a un hombre o bien le conducen a las alturas. Para él no había mundo demasiado bajo como para que no pudiera entrar en él ni lugar tan alto como para que temiese subir a él. Recorrió toda la escala, desde el abismo hasta las estrellas. Es una lástima que no vayamos a tener otra vez la oportunidad de ver a un hombre colocado en el centro mismo del misterio e iluminando para nosotros, con sus relámpagos, la profundidad e inmensidad de las tinieblas.

Hoy tengo conciencia de mi linaje. No necesito consultar mi horóscopo ni mi árbol genealógico. De lo que está escrito en las estrellas, o en mi sangre, no sé nada. Sé que desciendo de los fundadores mitológicos de la raza. El hombre que se lleva la botella sagrada a los labios, el criminal que se arrodilla en el mercado, el inocente que descubre que todos los cadáveres apestan, el fraile que se levanta las faldas para mearse en el mundo, el fanático que explora las bibliotecas para encontrar la Palabra: todos ellos están fundidos en mí, todos ellos provocan mi confusión, mi éxtasis. Si soy inhumano es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque ser humano parece algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por preceptos morales y códigos, definido por trivialidades e ismos. Estoy echándome el jugo de la uva por el gaznate y descubro la sabiduría en él, pero mi sabiduría no procede de la uva, mi embriaguez no debe nada al vino...

Quiero desviarme de estas altas y áridas sierras donde se muere uno de sed y de frío, de esta historia «extratemporal», de este absoluto de tiempo y espacio en que no existen ni hombres, ni animales, ni vegetación, donde se vuelve uno loco por la soledad, por el lenguaje que es sólo palabras, donde todo está desenganchado, desencajado, descompasado en relación con los tiempos. Quiero un mundo de hombres y mujeres, de árboles que no hablen (¡porque ya se habla demasiado en el mundo, tal como es!), de ríos que te lleven a algún lugar, no ríos que sean leyendas, sino ríos que te pongan en contacto con otros hombres y mujeres, con la arquitectura, la religión, las plantas, los animales: ríos que tengan barcos y en los que los hombres se ahoguen, no se ahoguen en el mito y la leyenda y los libros y el polvo del pasado, sino en el tiempo y el espacio y la historia. Quiero ríos que hagan océanos como Shakespeare y Dante, ríos que no se sequen en el vacío del pasado. ¡Océanos, sí! Que haya más océanos, océanos nuevos que borren el pasado, océanos que creen nuevas formaciones geológicas, nuevas perspectivas topográficas y continentes extraños y aterradores, océanos que destruyan y preserven al mismo tiempo, océanos en los que podamos navegar, zarpar hacia nuevos descubrimientos, nuevos cataclismos, más guerras, más holocaustos. Que haya un mundo de hombres y mujeres con dinamos entre las piernas, un mundo de furia natural, de pasión, acción, drama, sueños, locura, un mundo que produzca éxtasis y no pedos secos. Creo que hoy más que nunca hay que procurar conseguir un libro aunque sólo tenga una gran página: hemos de buscar fragmentos, astillas, uñas de los pies, cualquier cosa que tenga mineral dentro, cualquier cosa capaz de resucitar el cuerpo y el alma.

Puede que estemos condenados, que no haya esperanza para nosotros, para ninguno de nosotros, pero, si es así, ¡lancemos un último alarido agónico, espeluznante, un chillido de desafío, un grito de guerra! ¡Al diablo las lamentaciones! ¡Al diablo las elegías y las endechas! ¡Al diablo las biografías y las historias, y las bibliotecas y los museos! Que los muertos se coman a los muertos. Bailemos los vivos en el borde del cráter, una última danza agónica. ¡Pero una auténtica danza auténtica!

«Amo todo lo que fluye», dijo el gran Milton ciego de nuestra época. Pensaba en él esta mañana, cuando me he despertado con un gran grito horrible de alegría: pensaba en sus ríos y árboles y en todo ese mundo nocturno que está explorando. Sí, me he dicho, yo también amo todo lo que fluye: ríos, alcantarillas, lava, semen, sangre, bilis, palabras, oraciones. Amo el fluido amniótico, cuando se derrama de la bolsa. Amo el riñón con sus dolorosos cálculos, su arena y qué sé yo; amo la orina que brota caliente y las purgaciones que no cesan; amo las palabras de los histéricos y las oraciones que fluyen como la disentería y reflejan todas las imágenes morbosas del alma; amo los grandes ríos como el Amazonas y el Orinoco, donde locos como Moravagine van flotando a través del sueño y la leyenda en un bote descubierto y se ahogan en la desembocadura invisible del río. Amo todo lo que fluye, hasta el flujo menstrual, que arrastra el semen que no ha fecundado. Amo las escrituras que fluyen, ya sean hieráticas, esotéricas, perversas, polimorfas o unilaterales. Amo todo lo que fluye, todo lo que contiene el tiempo y el porvenir, que nos devuelve al comienzo donde nunca hay fin: la violencia de los profetas, la obscenidad que es éxtasis, la sabiduría del fanático, el sacerdote con su letanía pegajosa, las palabras indecentes de la puta, el escupitajo que va flotando por el arroyo de la calle, la leche del pecho y la amarga miel que mana de la matriz, todo lo fluido, fundente, disoluto y disolvente, todo el pus y la suciedad que al fluir se purifica, que pierde el sentido de su origen, que circula por el gran circuito hacia la muerte y la disolución. El gran deseo incestuoso es el de seguir fluyendo, unido al tiempo, el de fundir la gran imagen del más allá con el aquí y el ahora. Un deseo fatuo, suicida, estreñido por las palabras y paralizado por el pensamiento.


CANTO AJENO IX

Llueve ceniza, como en Pompeya en Agosto.
Es el calor de la tarde que incinera,
es el sol de tiniebla
congelada, inacabada, nubosa,
astilla cósmica, deshilachada germinal.
No hay otro misterio que el de la sombra,
los demás se explican apenas verlos:
en la travesía de una gota asoma el porvenir;
basta como ejemplo la breve corona que aparece cuando se despedaza contra la calzada.
Se abren sospechas como frente a un libro cualquiera:
¿el aire también se repite?
¿es eterno el derrumbe?
¿mejor saber si hay nada?
El mercurio sube y baja inmóvil;
el barómetro es inútil ante otro tipo de contrapeso,
en su eje, gira sola la veleta.
Con estas lecturas nos arrullaron
años y años las noticias de las ocho.
Tanto satélite, tanto cronómetro que olvidamos
que el veredicto lo dará el viento astillando contra la bahía,
y no los granos de arena que trazan cuánto es una hora.
Aunque llueva y no despeje hasta el fin de semana,
aunque enmudezca y desvente sobre el final del día
y el aguacero ceda frente al pampero,
la oración de la tormenta revele la paz tras los nubarrones,
en cada nueva nube
la garantía furiosa del desierto. 

"CATAY" (Ezra Pound, 1915).

"En 1915 publica “Cathay”, un pequeño volumen de poemas de Li Po traducidos por Ernest Fenollosa y reelaborados por Pound. Al contrario que los traductores americanos anteriores de la poesía china, estas versiones en verso libre ofrecen a los lectores textos comprensibles. Muchos críticos consideran los poemas de Cathay como la realización más acertada del Imaginismo. Sin embargo, como traducciones, continúan siendo fuente de controversias ya que ni Fenollosa ni Pound jamás hablaron o leyeron el chino con soltura; además de criticársele al poeta norteamericano el que omitiera o agregara secciones sin ninguna base en los originales. Para Hugh Kenner estas aparentes traducciones de textos orientales antiguos hoy se ven como experimentos poéticos". (Wikipedia)

CANCIÓN DE LOS ARQUEROS DEL SHU

Aquí estamos, recolectando los primeros brotes de los helechos
y diciendo: ¿cuándo volveremos a nuestra patria?
Aquí estamos porque tenemos a los Ken-nin como enemigos,
no paramos un segundo por culpa de estos mongoles.
Hemos agotado los tiernos brotes de helecho;
cuando alguien habla de volver, los otros de acongojan.
Ánimos apenados, el pesar es hondo, tenemos hambre y sed.
Nuestras defensas no son seguras, nadie puede dejar que regrese su amigo.
Agotamos los viejos tallos de helecho.
Decimos: ¿nos dejarán volver en Octubre?
No hay sosiego para los asuntos del reino, no paramos un momento.
Nuestro pesar es amargo, pero no querríamos regresar a la patria.
¿Qué flores se han abierto?
¿De quién es esa carroza? Del General.
Los caballos, incluso sus caballos, están cansados. Y eran fuertes.
No nos dan reposo, tres batallas al mes.
Oh, dios mío, sus caballos están cansados.
Los generales van sobre ellos y los soldados a pie.
Los caballos están bien entrenados, los generales llevan flechas de marfil y aljabas adornadas con escamas de pez.
El enemigo es rápido, hemos de ser cuidadosos.
Cuando partimos, los sauces se doblaban con la primavera;
Regresamos con nieve,
avanzamos con lentitud, tenemos hambre y sed,
nuestro ánimo está apesadumbrado, ¿quién sabrá de nuestro dolor?
De Bunno, aproximadamente 1100 a.C.


EL HEMOSO ATAVÍO

Triste, triste es la hierba a la orilla del río
y los sauces desbordan el jardín cerrado,
y adentro, la dueña, en la flor de su juventud,
blanca, blanca de rostro, vacila, mientras cruza la puerta.

Fue cortesana en otros tiempos,
y se casó con un bebedor
que ahora sale a emborracharse
y a ella la deja demasiado sola.
De Mei Sheng, 140 a.C.


CUATRO POEMAS DE PARTIDA

La lluvia cae sobre el polvo leve
los sauces del patio de la fonda
van a ponerse cada vez más verdes.
Mas tú, Señor, mejor será que tomes vino
antes de tu partida,
porque no tendrás amigos junto a ti
cuando llegues a las puertas de Go.
(Rihaku u Omatkisu)

SEPARACIÓN EN EL RÍO KIANG

Ko-yin va hacia poniente desde Ko-karu-ro,
Sobre el río hay esparcidas flores de humo.
Su vela solitaria mancha el cielo lejano.
Y, ahora, sólo veo el río,
El largo Kiang, que llega al cielo.
Rihaku

DESPIDIÉNDOSE DE UN AMIGO

Montes azules al norte de las murallas,
un río blanco serpenteando entre ellas;
aquí debemos separarnos
y recorrer mil millas de hierba muerta.

Mente como una gran nube flotante,
crepúsculo como separación de viejas amistades
que a distancia se inclinan sobre sus manos apretadas.
Nuestros caballos se relinchan
mientras nos vamos alejando.
Rihaku

DESPEDIDA CERCA DE SHOKU
“Sanso, rey de Shoku, construyó caminos”.

Dicen que los caminos de Sanso son abruptos,
escarpados como las montañas.
Las paredes se alzan frente al rostro de un hombre,
las nubes crecen desde la colina
cuando frena el caballo.
Hay árboles fragantes en el empedrado camino de los Shin,
sus troncos han reventado el pavimento,
y hay regatos cuyo hielo revienta
en medio de Shuku, una ciudad altiva.

Los destinos de los hombres ya están fijados,
no es necesario consultar a los adivinos.
Rihaku

LA CIUDAD DE CHOAN

Los fénices están jugando en su terraza.
Los fénices se han ido, el río fluye solitario.
Flores y hierba
cubren la senda oscura
donde descansa la casa dinástica de los Go.
Los brillantes vestidos y los brillantes gorros de los Shin
son ahora la base de colinas antiguas.

Las Tres Montañas caen a través del cielo lejano,
la isla de la Garza Blanca
divide la corriente en dos.
Ahora las altas nubes han cubierto el sol
y yo no puedo ver Shoan a lo lejos
y estoy triste.
Rihaku

SONG OF THE BOWMAN OF SHU

Here we are, picking the first fern-shoots
And saying: When shall we get back to our country?
Here we are because we have the Ken-nin for our foemen,
we have no comfort because of these Mongols.
We grub the soft fern-shoots,
when anyone says "Return," the others are full of sorrow.
Sorrowful minds, sorrow is strong, we are hungry and thirsty.
Our defense is not yet made sure, no one can let his friend return.
We grub the old fern-stalks.
We say: Will we be let to go back in October?
There is no ease in royal affairs, we have no comfort.
Our sorrow is bitter, but we would not return to our country.
What flower has come into blossom?
Whose chariot? The General's.
Horses, his horses even, are tired. They were strong.
We have no rest, three battles a month.
By heaven, his horses are tired.
The generals are on them, the soldiers are by them.
The horses are well trained, the generals have ivory arrows and
quivers ornamented with fish-skin.
The enemy is swift, we must be careful.
When we set out, the willows were drooping with spring,
we come back in the snow,
we go slowly, we are hungry and thirsty,
Our mind is full of sorrow, who will know of our grief?
by Bunno — Reputedly 1100 B.C
       
THE BEAUTIFUL TOILET

Blue, blue is the grass about the river
and the willows have overfilled the close garden.
And within, the mistress, in the midmost of her youth,
white, white of face, hesitates, passing the door.
Slender, she puts forth a slender hand;

and she was a courtezan in the old days,
and she has married a sot,
who now goes drunkenly out
and leaves her too much alone.
by Mei Sheng B.C. 140

FOUR POEMS OF DEPARTURE

Light rain is on the light dust
the willows of the inn-yard
will be going greener and greener,
but you, Sir, had better take wine ere
your departure,
for you will have no friends about you
when you come to the gates of Go.
(Rihaku or Omakittsu)

Separation on the River Kiang

Ko-jin goes west from Ko-kaku-ro,
the smoke flowers are blurred over the river.
His lone sail blots the far sky.
And now I see only the river,
the long Kiang, reaching heaven.
Rihaku

Taking Leave of a Friend

Blue mountains to the north of the walls,
white river winding about them;
here we must make separation
And go out through a thousand miles of dead grass.
mind like a floating white cloud,
sunset like the parting of old aquaintances
who bow over their clasped hands at a distance.
Our horses neigh to each other
as we are departing
Rihaku

Leave-taking Near Shoku

They say the roads of Sanso are steep,
sheer as the mountains.
The walls rise in a man's face,
clouds grow out of the hill
at his horse's bridle.
Sweet trees are on the paved way of the Shin,
their trunks burst through the paving,
and freshets are bursting their ice
in the midst of Shoku, a proud city.

Men's fates are already set,
There is no need of asking diviners
Rihaku

The City of Choan

The phoenix are at play on their terrace.
The phoenix are gone, the river flows on alone
flowers and grass
cover over the dark path
where lay the dynastic house of the Go.
The bright cloths and bright caps of the Shin
are now the base of old hills.

The Three Mountains fall through the far heaven,
the isle of White Heron
splits the two streams apart.
Now the high clouds cover the sun
and I can see Choan afar
and I am sad.   

Rihaku




sábado, 14 de octubre de 2017

soy de barro

Soy de barro.

Traigo la forma a la fuerza, de los pelos, a los golpes
La saranda de arena se suma de poco al litro de agua que solidifica la rareza, la delicadeza de comenzar a ser sin antes haber sido.

Monstruoso río desalmado, se deforma de hielo al principio, es útil como medio de comercio después. Inestable en perpetuo movimiento, lo reverencio como símbolo pero me representa otra cosa.

Tumbado de pie frente a la roca, el orgullo de verla terminada, vitaminas de esquirlas me rodean, ¿quién dijo hambre?

Solté, a la velocidad que me permitieron mis puños sangrantes, los golpes vencidos flechando la frente, doblando las manos. Es humana la forma, véanse en el otro, prémiense con el reflejo, aprete la mano, vea. Si lo consigo, mi tarea está completa.

El tratamiento de la lava siempre se me escapó, el trabajo en frío es más ágil porque es más lento, por ejemplo es más vanidoso el calor que me obliga al contacto corto –golpes de puño y de cincel- que el helado detenimiento del tiempo.

En ocasiones escalo intermitente, a veces hacia arriba y a veces hacia abajo. El próximo destino del siguiente paso se pierde sin ritmo y sin escala. Cuando me cruce con el próximo explorador le pediré que cargue mi roca.

Mientras el mundo miraba de cerca, con todos los ojos que le pertenecen, la elección presidencial, yo me regodeaba de cara al infinito lechoso estelar y me repetía que todo iba a estar bien, mientras las grietas empezaban a correr por mi brazo.

Enviudé de pronto a lo largo del taller vacío de vino y de tabaco y de mujer me tendí en la colchoneta mascando arcilla y queriendo escupir la forma de una corona escupí una carnaza entre negra y roja que sin radiografía supe que dentro de mí quedaba más y que a cada escupitajo crecía en centímetros cúbicos apelmazando cada vez más mis órganos funcionales y sonreí y tomé el cincel y empecé de nuevo.


sábado, 30 de septiembre de 2017

"España" - Jorge Luis Borges (de "El otro, el mismo"; 1964)

Más allá de los símbolos,
más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,
más allá de la aberración del gramático
que ve en la historia del hidalgo
que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,
no una amistad y una alegría
sino un herbario de arcaísmos y un refranero,
estás, España silenciosa, en nosotros.
España del bisonte, que moriría
por el hierro o el rifle,
en las praderas del ocaso, en Montana,
España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,
España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,
España de los duros visigodos,
de estirpe escandinava,
que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,
pastor de pueblos,
España del Islam, de la cábala
y de la Noche Oscura del Alma,
España de los inquisidores,
que padecieron el destino de ser verdugos
y hubieran podido ser mártires,
España de la larga aventura
que descifró los mares y redujo crueles imperios
y que prosigue aquí, en Buenos Aires,
en este atardecer del mes de julio de 1964,
España de la otra guitarra, la desgarrada,
no la humilde, la nuestra,
España de los patios,
España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,
España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,
España del inútil coraje,
podemos profesar otros amores,
podemos olvidarte
como olvidamos nuestro propio pasado,
porque inseparablemente estás en nosotros,
en los íntimos hábitos de la sangre,
en los Acevedo y los Suárez de mi linaje,
España,
madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,
incesante y fatal.

domingo, 24 de septiembre de 2017

EL SUEÑO (LE RÊVE) - Pintura y poema de Henri Rousseau (1910)

"El sueño" (la rêve); Henry Rousseau (1910). Museum of Modern Arts (NY).

Yadwigha dans un beau rêve
s'étant endormie doucement
entendait les sons d'une musette
dont jouait un charmeur bien pensant.
pendant que la lune reflète
sur les fleuves [ou fleurs], les arbres verdoyants,
les fauves serpientes pretent l'oreille
aux transmite gais de l'instrument.
Yadwigha en un hermoso sueño
se ha dormido suavemente
oye el sonido de un oboe
interpretado por un bien intencionado encantador [de serpientes].
mientras la luna se reflejaba
en los ríos [o las flores], los árboles verdes,
las serpientes salvajes escuchan
las alegres melodías del instrumento.

Ilíada - Canto XVIII (fragmento): La fragua de Hefesto

(...)
"Así habló; y, dejando a la diosa, encaminóse a los fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra lo requería. El dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.


 Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.

Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.

Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas. Los hombres estaban reunidos en el ágora, pues se había suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía pagarse por un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos, que aplaudían sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de su causa.

La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes: los del primero deseaban arruinar la plaza, y los otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la agradable población. Pero los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres, niños y ancianos subidos en la muralla la defendían. Los sitiados marchaban llevando al frente a Ares y a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos, como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas de un río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados los veían venir, corrían a su encuentro y al punto se apoderaban de los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y, montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas del río una batalla en la cual heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un guerrero vivo y recientemente herido y a otro ileso, y arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo de la batalla a un tercero que ya había muerto; y el ropaje que cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.

Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto que se labraba por tercera vez: acá y acullá muchos labradores guiaban las yuntas, y, al llegar al confín del campo, un hombre les salía al encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.

Grabó asimismo un campo real donde los jóvenes segaban las mieses con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavilla: los atadores. Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban abrazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida de los trabajadores, haciendo abundantes puches de blanca harina.

También entalló una hermosa viña de oro, cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos, pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino, y todos le acompañaban cantando, profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.

Puso luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y estaño, y salían del establo, mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río, junto a un flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perseguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la piel del corpulento toro y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbario, y azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca y rehuían el encuentro de las fieras.

Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.

El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos y doncellas de rico dote, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero, sentándose, aplica su mano al torno y lo prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile y se holgaba en contemplarlo. Entre ellos un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y así que se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.

Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño.


Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las armas, entrególas a la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Hefesto había construido".


domingo, 17 de septiembre de 2017

Guía para detectar fraudes

Toda apariencia miente,
o dice la verdad, según el caso.

Nada más honesto como un cable pelado al borde de una piscina.

Aristotélica o Kantiana,
la razón cede ante la taquicardia.

Cuando digas “egocéntrico”, di “redundancia”. 

El primer libro, como todos, miente.

No mentir es decir la verdad; sutil retórica diferencia portante de no poca ambivalencia en occidente cargado de oriente montado en la múltiple placenta madre de ideologías perversa oscura brillante en su perversidad modernidad destellante de lujo de supermercado a noventa y nueve con noventa y nueve hermosa troglodita sencilla como aplastar una montaña con el dedo gordo cuerpo unánime relato inquieto de ninguna forma y siempre enlazado en todas y cada una de las formas del power trip de ricota imposible de maniobrar por las buenas siempre termina en caída y esencial púbico angelical salpimentado en etapas de uranio y plomo durante veinticuatro horas o diez minutos siempre es lo mismo.

La revolución, hoy y siempre, es rutina.

Matar al enemigo es exponerse,
coexistir es significarse.


ESTO NO ES UNA SALIDA.´